La luz del taller se había convertido en algo acusatorio.
Valeria permanecía inmóvil frente a la puerta cerrada, sus dedos todavía aferrados a las llaves mientras su cerebro procesaba lo que acababa de suceder. Cinco minutos. Habían transcurrido exactamente cinco minutos desde que las luces se habían apagado y luego encendido con esa violencia que había hecho saltar su corazón contra sus costillas.
Cinco minutos en los que no se había movido, no había respirado correctamente, no había hecho nada