La luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas de la suite con esa suavidad particular que solo las primeras horas del día sabían ofrecer. Valeria despertó lentamente, su cuerpo hundiéndose en el colchón con una languidez que contrastaba brutalmente con la tormenta emocional de la noche anterior. Por un momento —glorioso, perfecto momento— solo existía el calor del cuerpo de Enzo contra el suyo, el peso de su brazo sobre su cintura, el ritmo sincronizado de sus respiraciones.
Entonces