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La sangre de Valeria había dejado un rastro oscuro sobre el cemento agrietado, gotas que se extendían desde donde Vincenzo la había disparado hasta donde ahora permanecía de rodillas junto a Lorenzo. El mundo se había reducido a ese espacio claustrofóbico: las paredes de hormigón descascarado, el aire viciado que olía a humedad y metal oxidado, y el sonido de la respiración irregular de su hijo.

Afuera, a cuatrocientos metros de distancia, Enzo Costa escuchaba cada palabra a través del dispositi
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