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El pasillo del hospital se extendía ante Valeria como un túnel interminable, sus paredes blancas reflejando la luz tenue de las lámparas de emergencia que permanecían encendidas durante la noche. Cada paso era un esfuerzo consciente, sus piernas protestando después de cinco semanas de reposo casi absoluto. Los músculos se habían debilitado, acostumbrados a la inmovilidad forzada, y ahora temblaban bajo el peso de su cuerpo y el vientre prominente que había crecido exponencialmente durante su con