Tres días.
Setenta y dos horas exactas desde que Valeria había regresado de la Toscana con la piel todavía marcada por el calor de manos que no debían haberla tocado, con los labios aún ardiendo por un beso que nunca debió suceder. Setenta y dos horas de silencio absoluto por parte de Enzo Costa, como si aquella noche en Villa Serenità hubiera sido un sueño febril que solo ella había experimentado.
La luz del jueves por la tarde se filtraba a través de los ventanales del taller, creando patrones