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El zumbido constante de las máquinas médicas creaba una sinfonía mecánica que había acompañado a Enzo durante las últimas cuarenta y ocho horas. Sus párpados se sentían como plomo cuando finalmente logró abrirlos, encontrándose con el techo blanco y aséptico del Hospital Virgen de la Victoria de Málaga.

Estoy vivo.

La sorpresa de esa simple constatación lo golpeó con más fuerza que cualquier dolor físico. Lo último que recordaba con claridad era el agua salada llenando sus pulmones y la certeza
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