La mañana del sábado había comenzado con una calma engañosa en la residencia real. Valeria había despertado sin náuseas por primera vez en días, lo que había interpretado como una pequeña bendición. Enzo había preparado el desayuno mientras ella se duchaba, y por un momento fugaz, habían logrado fingir que eran una pareja normal esperando su primer hijo en un lugar seguro.
Esa ilusión se desplomó cuando el capitán Mendoza apareció en el salón principal con el rostro sombrío y un informe técnico