El sol del sábado se alzaba sobre los tejados de tejas rojas de la residencia, una propiedad rural situada a cuarenta kilómetros de Madrid que había pertenecido a la familia real durante tres generaciones. Los muros de piedra caliza parecían haber sido tallados directamente de la tierra castellana, y los jardines se extendían en terrazas perfectamente cuidadas hasta perderse entre robles centenarios.
Valeria observó desde la ventana de la suite mientras los guardias de la Guardia Real completaba