La lluvia golpeaba los cristales del café con un ritmo monótono que parecía sincronizarse con los latidos acelerados del corazón de Valeria. Había salido temprano esa mañana, necesitaba aire fresco y distancia de las cuatro paredes del apartamento que últimamente se sentían más como una prisión dorada que como un refugio. Las náuseas matutinas habían sido especialmente intensas, y el médico le había asegurado que caminar le haría bien.
Solo unas semanas, se recordó mientras removía distraídament