Sentí un escalofrío de inquietud al recordar el nombre Obsidian. Aunque tenía todos los lujos que una chica podría desear —ropa, joyas, bolsos, zapatos que costaban más de lo que la mayoría de la gente ganaba en toda su vida, y el servicio devoto de los hijos poderosos de familias adineradas—, no podía librarme de esa extraña incomodidad. Algo en ese nombre me corroía.
Recordaba haberlo oído susurrar en la mansión de Don Giorgio: la Cabeza de Obsidian. No eran solo un grupo mafioso; eran la fac