A la tarde siguiente, Serafina deambulaba por los rincones más tranquilos y olvidados de la mansión de Dante. No tenía intención de salir a explorar. En realidad, solo buscaba un poco de soledad, un lugar donde pudiera pensar sin el peso constante de las preguntas sin respuesta que la oprimían. Desde que Esteban había llamado accidentalmente a Dante por otro nombre que le resultaba familiar, su mente se había negado a descansar.
Adriano. Y luego estaba esa extraña y perturbadora familiaridad qu