Todo sucedió tan rápido que Serafina casi se convenció a sí misma de que era tal y como lo había imaginado. La mansión de los Romano estaba bañada por el suave resplandor ámbar de las lámparas de araña, cuya luz se reflejaba en las copas de cristal y en la cubertería pulida.
La larga mesa del comedor, que solía ser un campo de batalla disfrazado de reunión familiar, transmitía esta noche una extraña sensación de paz. Era el tipo de velada que casi hacía olvidar lo peligrosa que podía llegar a s