Dante parecía aquel niño que antaño se sentaba junto a ella bajo el roble, ofreciéndole su corazón con las manos temblorosas y una sonrisa llena de esperanza. Se parecía a Adriano. Y aquella imagen hizo que el pecho de Serafina se oprimiera por la avalancha de emociones que la invadieron a la vez: amor, pérdida, ira, nostalgia y, al mismo tiempo, un alivio tan profundo que casi resultaba doloroso.
Poco a poco, Serafina se acercó. “¿Por qué debería odiarte?” Preguntó en voz baja, con un tono que