Todo comenzó con algo tan insignificante que, en circunstancias normales, Serafina quizá ni siquiera lo habría notado. Un simple gesto. Un golpeteo rítmico de los dedos contra el brazo de una silla. Estaban sentados juntos en la biblioteca, la estancia más tranquila de su mansión. Afuera, la lluvia susurraba contra los altos ventanales, convirtiendo el mundo más allá del cristal en una mancha borrosa de plata y sombras.
Dentro, el fuego crepitaba suavemente en la chimenea, proyectando una luz c