El turno en la estación de bomberos se había sentido eterno. Mis músculos aún estaban tensos por el peso de las mangueras y el calor del último simulacro en el muelle, pero mi mente solo tenía un objetivo: cruzar el umbral de nuestra casa y encontrar la paz que solo el cuerpo de Maya me brindaba. Habíamos compartido una noche de una vulnerabilidad tan pura que todavía sentía el eco de su piel contra la mía, suave y real, sin artificios.
Subí las escaleras en silencio, quitándome la chaqueta de