El sonido de la camioneta de Connor alejándose por el camino de grava fue el primer acorde de una soledad que, esta mañana, se sentía más pesada que de costumbre. Me quedé de pie en la cocina, con una taza de café entre las manos, mirando por la ventana cómo el sol de Palamidi empezaba a lamer las crestas de las olas. Mi cuerpo todavía conservaba el eco de la noche anterior; sentía un leve escozor en las rodillas y una sensibilidad eléctrica en la piel donde sus manos, y mis propias exigencias,