ELENA
El regreso de la isla Saona no fue el regreso de una víctima, sino el de una cómplice.
El vestido rojo, ahora manchado con la sangre seca de Marcus Thorne, quedó abandonado en un rincón del jet privado como el cadáver de mi antigua vida.
Alaric me observaba desde el asiento frente al mío, con el hombro vendado y una expresión de triunfo que me revolvía el estómago.
Al llegar al ático, el silencio de la ciudad me pareció ensordecedor. Pero lo que me recibió no fue el lujo habitual, sino