Massimo al ver que ella se quedó dormida, tomó asiento en el sofá que estaba a un lado de la cama.
Veía el rostro de la chica que tenía frente a él. Hacía mucho tiempo que no se detenía a verla.
Su esposa físicamente ya no era la misma “niña” que él conoció, ahora poseía un rostro más maduro, cansado y triste.
Mientras le observaba, una punzada le recorría el cuerpo y su corazón.
Una extraña sensación de incomodidad le estrujaba el pecho al ver sus brazos con vendas. Una de sus muñecas estab