Mundo de ficçãoIniciar sessão
Capítulo 1 – LA DEUDA
El silencio de la cueva sabía a metal. Una mezcla de sangre seca, óxido y algo más que Camila no quería identificar. El olor del miedo, quizá. Su propio miedo, incrustado en las paredes de ese agujero infecto donde pudría desde que la habían arrojado allí.
Camila sentía la humedad helada del muro de hormigón contra su espalda, el frío atravesando la tela fina de su vestido como un mordisco. Sus muñecas estaban desolladas por las cuerdas rugosas que la ataban a la silla, la piel al rojo vivo, ardiente. Ya no lloraba. Las lágrimas se habían secado hacía horas, quizá días. El tiempo ya no tenía sentido en ese lugar sin ventanas, sin luz, donde solo el ruido de los pasos sobre su cabeza le recordaba que aún estaba viva. Aún prisionera.
Sobre ella, los pasos pesados resonaban. Voces apagadas. Risas. El ruido de una botella rompiéndose. Luego… el silencio otra vez. Ese silencio que la devoraba por dentro.
Cerró los ojos, buscando recordar otro tiempo. Un tiempo donde reía con sus amigas a la orilla del río, los pies en el agua fresca, el sol en la piel. Un tiempo donde tenía sueños. Sueños estúpidos de chica de veintidós años que aún creía que la vida podía ser hermosa, que quizá podría llegar a ser profesora, tener una pequeña casa, una familia. Sueños que ahora parecían pertenecer a otra vida. A otra persona.
Pero eso fue antes.
Antes de que su padre lo perdiera todo al póker. Ese padre al que había querido a pesar de sus defectos, a pesar del alcohol, a pesar de las promesas rotas. Aún recordaba su rostro aquella noche, cuando llegó al amanecer, con las manos temblorosas, la mirada huidiza. Supo de inmediato que algo terrible había sucedido.
Antes de que pidiera prestado a hombres a los que nunca se debe acercar.
Antes de que desapareciera como un cobarde, dejándola sola frente a los acreedores.
«Cien mil dólares.»
Eso fue lo que dijeron. Cien mil dólares, más los intereses. Una suma que no vería en su vida, incluso trabajando día y noche en ese bar miserable donde servía cervezas tibias a hombres de manos curiosas.
Así que encontraron otra solución.
La puerta de la cueva se abrió de repente, sobresaltando a Camila. Una luz cruda la cegó. Parpadeó, intentando distinguir la silueta masiva que bajaba los escalones. El hombre llevaba un traje oscuro demasiado ajustado sobre sus hombros musculosos. Una cicatriz cruzaba su mejilla izquierda.
—Levántate dijo simplemente.
Su voz era un gruñido sordo, carente de emoción. Cortó las cuerdas de un gesto seco. Camila se masajeó las doloridas muñecas, sus piernas temblaban al levantarse. ¿Cuánto tiempo había estado atada? Sus músculos protestaban, agarrotados.
—¿Adónde… adónde me llevan? murmuró, con la garganta seca.
El hombre no respondió. Se limitó a sujetarla por el brazo y empujarla hacia la escalera. Cada escalón le parecía insuperable. Cuando por fin emergió a lo que parecía un almacén abandonado, tuvo que apartar los ojos de la luz cruda de los fluorescentes.
Tres hombres la esperaban. Estaban apoyados contra una furgoneta negra, fumando cigarrillos. Sus miradas se deslizaron sobre ella como sobre una mercancía. Uno de ellos, un hombre flaco de rostro picado de viruela, sonrió mostrando dientes amarillentos.
—¿Ella es? preguntó.
—Sí respondió el hombre de la cicatriz. La chica Navarro.
El flaco se acercó, dando vueltas alrededor de Camila como un depredador. Ella sintió su mirada recorriéndole el cuerpo y apretó los puños, reprimiendo la náusea que subía por su garganta.
—No está mal dijo dando una calada a su cigarrillo. Servirá.
—¿Servirá para qué? soltó Camila, con la voz temblorosa a pesar suyo.
El silencio que siguió fue más terrorífico que cualquier respuesta. Los hombres intercambiaron miradas. Luego el flaco estalló en una risa seca y desagradable.
—¿Nadie te lo explicó? Tu padre debía dinero al Señor. Mucho dinero. Y ahora tú eres el pago.
Las palabras la golpearon como un puñetazo. El Señor. Incluso ella había oído hablar de él. Alejandro Castillo. El jefe del cartel más poderoso de la región. Un hombre cuyo nombre solo bastaba para enmudecer una habitación entera.
—No susurró, retrocediendo un paso. No, no pueden…
—Oh, si podemos la interrumpió el hombre de la cicatriz. Tu padre firmó. Ahora eres suya.
Camila quiso correr. Sus piernas se doblaron bajo ella antes de que pudiera dar un paso. El hombre de la cicatriz la atrapó sin esfuerzo, sus dedos hincándose en su brazo como garras.
—No te canses gruñó. Solo vas a hacerte daño.
La arrastraron hasta la furgoneta. Forcejeó, dio patadas, gritó hasta que su voz se rompió. Pero nadie vino. Nadie vendría jamás.
En la furgoneta, la arrojaron a un asiento de cuero gastado. Las puertas se cerraron de golpe. El motor rugió. Camila se acurrucó contra la pared metálica, temblorosa, con los brazos alrededor de sus rodillas.
A través del cristal tintado, vio desfilar las calles familiares de su barrio. Luego la ciudad se desvaneció, reemplazada por carreteras sinuosas bordeadas de colinas áridas. ¿Cuánto llevaban conduciendo? ¿Una hora? ¿Dos? Había perdido toda noción del tiempo.
La furgoneta aminoró al fin. Frente a ellos se alzaba un inmenso portón de hierro forjado, flanqueado por dos garitas donde hombres armados montaban guardia. El portón se abrió sin una palabra. Entraron en un dominio que parecía una fortaleza.
Muros de piedra se elevaban a cada lado de la avenida bordeada de palmeras, tan altos que bloqueaban la vista al exterior. Camila comprendió de inmediato: no era un dominio. Era una prisión. Una prisión lujosa, ciertamente, pero una prisión al fin y al cabo. A lo lejos, una villa majestuosa brillaba bajo el sol declinante, blanca y fría como un mausoleo, como si nunca hubiera conocido la risa, la alegría, la vida. Hombres vestidos de negro patrullaban el terreno, con auriculares pegados a las orejas, armas en el cinto, sus rostros tan inexpresivos como máscaras.
La furgoneta se detuvo frente a la entrada principal. Abrieron las puertas. El hombre de la cicatriz la sacó sin miramientos. Camila tropezó, deslumbrada por la luz, y luego levantó los ojos hacia la villa.
Era un palacio. Pero un palacio construido sobre sangre y miedo. Camila lo sentía en cada piedra, en cada rincón de sombra, en el silencio demasiado perfecto de los jardines. Ese lugar respiraba muerte. Y ella acababa de ser condenada a cadena perpetua.
—Bienvenida a casa del Señor se burló el flaco detrás de ella.
Camila sintió que sus piernas se doblaban otra vez. Pero esta vez no cayó. Plantó sus pies en la gravilla, enderezó los hombros y respiró hondo. Si debía entrar en ese lugar maldito, lo haría de pie.
Porque se negaba a quebrarse.
No ahora. No por ellos.
Las dobles puertas de madera maciza se abrieron a un vestíbulo desmesurado. Mármol blanco se extendía bajo sus pies, reflejando la luz de una araña de cristal suspendida en el techo catedralicio. Cuadros sombríos adornaban las paredes, retratos de hombres de mirada dura.
Una mujer de unos cincuenta años, vestida con un impecable traje negro, bajó la escalinata monumental. Sus tacones golpeaban el mármol con precisión militar. Se detuvo a pocos metros de Camila, la examinó de pies a cabeza y luego frunció el ceño.
—¿Ella es? preguntó con voz glacial.
—Sí, señora Rosa respondió el hombre de la cicatriz.
Rosa hizo un gesto con la mano, despidiendo a los hombres. Desaparecieron tan silenciosamente como habían aparecido, dejando a Camila sola frente a esa mujer de aura intimidante.
—Sígueme ordenó Rosa.
Camila dudó. Luego, apretando los dientes, siguió a la mujer a través de un laberinto de pasillos lujosos. Cada habitación que atravesaban respiraba riqueza y poder. Obras de arte costosas, muebles antiguos, alfombras persas. Todo era perfecto, helado, carente de calidez humana.
Se detuvieron frente a una puerta de caoba. Rosa dio dos golpes breves y luego entró sin esperar respuesta. Camila cruzó el umbral, y su corazón se saltó un latido.
El despacho era inmenso, dominado por grandes ventanales que daban a un jardín impecablemente cuidado. Pero Camila no veía nada de eso.
Su mirada estaba clavada en el hombre sentado tras el escritorio de madera oscura.
Alejandro Castillo.
Era más joven de lo que había imaginado. Quizá treinta y cinco años, quizá menos. Difícil decirlo con ese rostro de mármol, esos rasgos cincelados que podrían ser hermosos si no fueran tan duros, tan implacables. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás, revelando una frente alta, pómulos prominentes. Llevaba una camisa blanca impecable, con las mangas arremangadas sobre antebrazos musculosos.
Ni siquiera levantó la vista de sus documentos. Su mano se movía con precisión mecánica, firmando papeles como si fueran sentencias de muerte. Quizá lo eran.
El silencio se alargó, pesado, opresivo. Camila sintió el pánico subir dentro de ella, pero lo aplastó. No le daría esa satisfacción.
Finalmente, Alejandro dejó el bolígrafo. Levantó la vista.
Y Camila comprendió por qué lo llamaban el Señor. No solo por el poder que detentaba, los hombres que controlaba, el imperio que había construido. Era ese aura. Esa presencia aplastante que llenaba la habitación, que absorbía todo el oxígeno, que hacía doblar las rodillas incluso a los más valientes.
Su mirada era tan fría como el acero. Tan afilada como una hoja. La desvistió con una indiferencia calculada, como si evaluara el valor de un objeto.
—Camila Navarro dijo con voz grave, casi acariciante en su frialdad. Por fin. Estaba esperando ver si los rumores eran ciertos.
—¿Qué rumores? murmuró ella a pesar suyo.
Sus labios se curvaron imperceptiblemente. No era una sonrisa. Era algo más peligroso, más depredador.
—Se dice que la chica Navarro tiene agallas. Que no tiene miedo. Quería comprobarlo con mis propios ojos.
Debería haber bajado la mirada. Someterse. Temblar.
Pero en lugar de eso, Camila clavó su mirada en la suya y levantó la barbilla.
—No soy una mercancía.
Los labios de Alejandro esbozaron algo que casi parecía una sonrisa. Pero no era diversión. Era algo mucho más peligroso. Curiosidad, quizá. O peor: interés.
Se levantó lentamente, rodeando el escritorio con una gracia felina. Cada paso resonaba en el silencio. Se detuvo a unos centímetros de ella, tan cerca que podía sentir su perfume una mezcla de sándalo y algo más oscuro, más embriagador.
Camila se negó a retroceder. Plantó sus pies en la alfombra, levantó los ojos hacia él. De cerca, su mirada era aún más aterradora. Ojos color tormenta, fríos y calculadores, capaces de leer en ella como en un libro abierto.
—Tienes miedo murmuró. Está bien. El miedo te mantendrá con vida.
—No le tengo miedo mintió.
Esta vez sonrió de verdad. Una sonrisa lenta, casi cruel, que no llegaba a sus ojos.
—Ya lo veremos murmuró, su voz bajando un tono, volviéndose casi un ronroneo. Vas a vivir aquí ahora. En mi casa. Bajo mis reglas. Y la primera regla, Camila, es que me perteneces. Tu tiempo me pertenece. Tus decisiones me pertenecen. Toda tu vida me pertenece.
Levantó una mano, y Camila se tensó, segura de que iba a golpearla. Pero sus dedos solo rozaron su mejilla, un gesto de una dulzura aterradora.
—No me decepciones susurró. Sería… una lástima.
Luego se apartó, volviendo a su escritorio como si ella ya no existiera. Rosa puso una mano firme en el hombro de Camila, empujándola hacia la salida.
Y en ese momento, mientras la puerta se cerraba tras ella, Camila supo dos cosas con absoluta certeza.
La primera: su vida nunca volvería a ser la misma.
La segunda: tendría que volverse tan implacable como él si quería sobrevivir.







