─ ¡Fue alucinante, joder! ─escuché a Alex al otro lado del comedor, espabilé tantas veces pude en la milésima de segundo que volví del ensimismamiento. La tía Rebeca seguía con el mismo gesto inmutable que la última vez que la vi, y mi padre lucía más felíz que hacía cinco minutos atrás.
Pensar en mi profesor suponía perderme un incontable número de chistes y anécdotas de mi familia, que, para acción de gracias, solíamos poner sobre la mesa.
─ ¿Qué dices tu, Emmy?
─Decir... ¿qué debo decir? ─so