El vestido de novia era todo un espectáculo. Era blanco, largo, de encaje, con una cola estilo sirena. Era simplemente precioso, y se veía muy costoso. Lo que no entendía era para qué tanto despilfarro si solamente sería una boda civil. Una simple y vulgar boda.
«Me voy a casar», pensó Arlet, mirando con aprensión el vestido que seguía tendido sobre la cama. A su lado, había una caja con unas zapatillas a juego. Adicional a eso, una serie de accesorios que no se había molestado ni siquiera en