Arlet miró a uno de los hombres de su padre acercarse por su espalda, inmediatamente se giró y apretó el gatillo sin dudarlo.
—¡Que nadie se me acerque!—rugió amenazante.
Afortunadamente, el disparo solo sirvió para dar a entender que no estaba jugando.
—Vaya, jamás hubiese podido imaginar este desenlace—dijo su padre—. Pero me gusta, no voy a negarlo—una sonrisa maquiavélica adorno sus facciones.
—Padre, creo que no estás entendiendo lo que está pasando—su voz era firme y clara—. Pero por s