—Hiciste bien en matarlo—la voz de Kenia se alzó en medio del silencio—. En este mundo no hay espacio para los traidores.
Luke frunció el ceño al tiempo en que recordaba los ojos saltones de Horacio, esas cuencas a punto de salirse, esa mirada suplicante. No, a él nunca le temblaba la mano al momento de matar a alguien, sin embargo, dudó.
Había algo en la mirada de Horacio que le hizo recordar a su padre, en realidad no tenían nada en común: los ojos de Horacio eran saltones y de un color vulg