Leímos el diario completo de Carmen Solís durante tres noches.
No de corrido. En fragmentos, con el tiempo entre medias para procesar lo que llegaba. Adrián y yo lo leímos juntos en el despacho, con el original en papel y las copias que la abogada nos había dado, y lo que fue saliendo a medida que avanzábamos era la imagen de una mujer que había pasado veinte años cargando algo que no tenía forma de soltar de otra manera.
Carmen Solís había llegado al negocio con Rafael Martínez en un momento e