Los siguientes doce minutos fueron los más ruidosos de todo lo que había vivido.
Pasos sobre mi cabeza. Gritos que se cortaban. El sonido metálico de puertas forzadas. Y Ernesto, frente a mí, que no se movió de la silla durante los primeros cuatro minutos con la calma de alguien que ya había tomado todas sus decisiones.
—Llegarán aquí en menos de diez minutos —dije.
—Lo sé —dijo.
—¿Vas a esperar?
—Voy a terminar la conversación que empezamos —dijo.
Lo miré.
—La fuente —dije—. Antes de qu