Ernesto Valente tenía sesenta y dos años y el aspecto de alguien que lleva décadas haciendo que las cosas difíciles parezcan simples.
No era físicamente imponente. Era de estatura media, cabello gris cortado con precisión, ropa de la que no llama la atención. Lo que lo hacía peligroso no era ninguna de esas cosas sino la manera en que occupaba el espacio: completamente, sin dejar ángulos sin cubrir, como si cada habitación que entraba pasara a pertenecerle en el momento de cruzar el umbral.
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