Capítulo 58. Decadencia
El viento arrastraba hojas secas por la calle, dibujando remolinos que se deshacían a cada paso. Leiah caminaba con el papel en la mano, releyendo la dirección como si las letras fueran un talismán que pudiera darle valor. El pueblo, aunque pequeño, parecía tener una geografía de susurros y miradas que se escabullían por las ventanas entreabiertas.
La dirección la condujo hasta el final de una calle empedrada, donde un portón de hierro forjado, aún majestuoso pese al óxido, custodiaba el acceso