Jack Parte VIII.
Esa noche escribí mi primera carta a la princesa.
No eran palabras profundas ni declaraciones de amor eternas; más bien, eran pequeños pedazos de mi mente dispersa: pensamientos absurdos, bromas tontas y algún comentario que solo yo entendía. La envié con una mezcla de nervios y expectativa, y, para mi sorpresa, ella respondió.
Durante el año siguiente, mientras intercambiábamos cartas, me volví adicto a su ingenio. Cada línea suya me hacía reír a solas, me mantenía alerta, me fascinaba.