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Livia tomó del brazo al hombre que rara vez se apartaba del lado de Damian: el asistente Brown.

En ese momento, el joven amo estaba en su estudio, enterrado en su trabajo habitual. Ni siquiera al llegar a casa descansaba. La riqueza no lo había vuelto perezoso.

En cuanto sintió que estaba a salvo de las miradas de las sirvientas, Livia soltó rápidamente su brazo.

Brown se quedó ahí, en silencio, observándola con calma. Estaba esperando, esperando a escuchar lo que ella tuviera que decir.

Pero i
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