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Resultó que el asistente Brown tenía razón desde el principio.

¿Acaso era psíquico?

Había predicho todo con una exactitud inquietante.

Esa misma mañana, Livia recibió una llamada de un número desconocido. Al contestar, una voz dulce y melodiosa la saludó: la de Helena.

Habló con amabilidad, casi con afecto, antes de deslizar su verdadera intención:

—¿Podemos vernos? ¿Qué tal un café?

Livia casi se atragantó.

¿Así que era de esta forma? ¿Helena la contactaba primero? No solo hacía que sus amenaz
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