Era tan intenso el dolor que lo aquejaba que se mantenía despierto, preguntándose por qué seguía vivo.
—Morirás donde nadie te encuentre nunca —susurró una voz que le sonó familiar, tal vez la de su tío. Era incapaz de mover la cabeza para confirmarlo.
Lo transportaban en una carreta y el cielo discurría sobre él siempre cambiante: nubes que danzaban, hojas que susurraban, lluvia que caía, sol que ardía, y estrellas que brillaban. A ratos se dormía y despertaba en la misma postura, pero bajo