En un salón del palacio, las bailarinas del rey deleitaban a la comitiva de Darón con la sensualidad de su danza. Los hombres aplaudían y sonreían, embelesados por las doncellas, salvo uno.
—He venido a retar a su bestia, pero me entretiene con debiluchos —reclamó el retador, copa de vino en mano—. Empiezo a sospechar que no confía en las habilidades del guerrero y se resiste a perder a la mayor atracción de su circo.
El rey esbozó una sonrisa fingida, sin mostrarse alterado por las agudas pa