Lo que terminó por enfriarse con las palabras del rey fue el sudor que recorría las espaldas de los hombres en el salón.
—¿Majestad? —inquirió Nov, con un atisbo de incredulidad en su voz.
—Lo que has oído: trae a mi esposa de inmediato.
Sin más que un asentimiento, Nov salió a cumplir la funesta orden. Golpeó la puerta de los aposentos de la reina con firmeza y ella apareció después del cuarto, despeinada, somnolienta, ignorante del oscuro destino que le aguardaba.
—El rey solicita su presen