Balardia, palacio real
De todas las palabras que podían ser dichas, las promesas de amor incumplidas resultaban ser las más nefastas.
Con su cuerpo por completo restablecido, Akal había manifestado su voluntad, que ahora sería capaz de llevar a cabo.
Desde un balcón en lo alto de una torre, Eris observaba a los siervos preparar los caballos en los que él y Umak dejarían Balardia.
—Me ha hecho jurarle que no dejaré el palacio para ir a Luthia ni a ninguna otra parte —contó ella—. Le te