—Yo también quiero aprender a cuidarme, pero... soy una inútil. Antes tenía tu protección y no supe valorarla. Ahora que te perdí, no tengo nada. Ni siquiera me quedan mis propios recuerdos. ¿Sabías que Gabriella me tenía secuestrada? Escapé hace un rato, aprovechando que se quedó dormida. Pero ¿de qué me sirve haber escapado? No tengo a dónde ir. Ya mandé a Elina de regreso a Inglaterra y aquí no me queda familia. Quise irme allá también, pero Gabriella me quitó el pasaporte y la identificación. No puedo irme, sigo siendo una prisionera...
Paolo no pudo evitar mirar sus ojos rojos e hinchados por el llanto. Sintió lástima y emitió un sonido afirmativo, muy bajo.
Stella tragó saliva y continuó con voz entrecortada.
—Después de escapar, vagué por las calles sin rumbo. Nadie me acepta. Sin darme cuenta llegué aquí... Es el lugar donde veníamos de niños, Paolo. ¿Te acuerdas? Te encantaba traerme. ¿Recuerdas ese columpio? Ahí prometiste cuidarme toda la vida. Y hace ocho años, ahí mismo m