Stella fijó su mirada oscura en la calle desierta a través de la ventana. Su ánimo mejoró al comprender que aún no había perdido del todo contra esa tal Cristina. Aunque Paolo fuera a casarse pronto, esa noche confirmó que todavía le importaba. De no ser así, ¿por qué conocería tan bien esa zona abandonada? Lo vio girar y maniobrar el auto con una destreza que solo se adquiere con la práctica.
Si no viniera a menudo, sería imposible que dominara las rutas de ese lugar. Cada pequeño movimiento involuntario le gritaba que él había estado ahí muchas veces, buscándola. Ante esa conclusión, la tristeza dio paso a una sonrisa de satisfacción.
Paolo mantenía la mirada en el camino. Al llegar a una avenida iluminada, curvó ligeramente los labios.
—¿Quieres que te lleve a casa de los Fabri?
El cuerpo de ella se sacudió con violencia. Negó una y otra vez, y su voz, que apenas se había calmado, volvió a quebrarse por el pánico.
—¡No... no quiero ir con los Fabri! ¡Prefiero morir antes que regres