Gio avanzó hacia ella con su característica elegancia.
—Gio...
Cristina sonrió al verlo. Su estilo vanguardista encajaba perfecto con su fama de estilista de élite. Tenía una piel tan cuidada que era imposible adivinar su edad, y sus ojos, que de lejos parecían negros, de cerca revelaban un tono café claro con un brillo casi hipnótico.
—¿Cómo has estado? Te ves... ¿más delgada?
La preocupación en la voz de Gio sorprendió a las empleadas. El famoso estilista, conocido por su arrogancia y sus tarifas exorbitantes, rara vez se dignaba a mirar a nadie. Si estaba en esa tienda era solo por su amistad con el dueño de la cadena.
—Estuve enferma un tiempo —respondió Cristina bajando la mirada.
—Ah, tienes que cuidarte. ¿Viniste a buscarme a mí?
Gio curvó los labios en una sonrisa. El viento agitó levemente su cabello y sus ojos mostraron una chispa de expectación.
—Sí... Quería pedirte que me diseñaras un peinado. Y también invitarte a mi boda dentro de tres días.
Cristina bajó la cabeza, sin