Al quedarse sola en la inmensa recámara, Cristina resintió la ausencia de Paolo. Toto, desparramado en el sofá, dejó escapar un maullido quejumbroso mientras sus ojos azules enviaban una clara señal de hambre.
Cristina se acercó para cargarlo y bajó las escaleras. En cuanto tocaron el piso de la planta baja, el animal corrió hacia su cama y comenzó a dar vueltas alrededor de su plato vacío, maullando a todo pulmón.
Sofía acudió al escuchar el alboroto. Al ver a Cristina observando al gato con aire ausente, sonrió con dulzura.
—Seguro ya tiene hambre otra vez. El joven trajo varias bolsas de comida importada hace un par de días y este animal ya casi se las termina.
Cristina se acercó a Sofía y, como era su costumbre, se colgó de su brazo. Arrugó la frente, aunque sus labios dibujaban una sonrisa.
—El gato no comió en toda la noche. Se levantó sin energía, ni siquiera quería moverse.
La ama de llaves le dio unas palmaditas en el brazo con cariño.
—No te preocupes, ahorita le sirvo. El j