Al compás de un gruñido gutural, casi animal, el cuerpo de Cristina se estremeció en un espasmo de placer, rindiéndose a la entrega final de Paolo mientras él liberaba su esencia ardiente en su interior.
Exhausta, se desplomó sobre la cama. Su pequeño cuerpo se hundió en el colchón, sus largas piernas aún temblaban y sus manos se aferraban a las sábanas en un intento por recuperar la calma.
Su piel, de una palidez nacarada, cubría un cuerpo delicado y completamente expuesto. Paolo la observó co