El sol caía como oro líquido sobre el césped, donde Cristina, hecha un ovillo, estaba sentada en una banca de piedra del hospital. Su mirada se perdía en la distancia, observando a un niño que intentaba torpemente patear un balón de futbol.
La luz dorada creaba un halo resplandeciente en su cabello ligeramente ondulado. A lo lejos, Paolo la observaba en silencio, conmovido por la quietud de la escena. Su expresión, sin que él mismo se diera cuenta, se llenó de ternura y una profunda preocupació