Un sonido seco la hizo voltearse. Bajo la luz brillante del sol, vio una figura alta y esbelta. Una sombra se interponía entre ellos. Al mirar su imponente silueta, se humedeció los labios secos, y su corazón se aceleró un instante.
Paolo se giró lentamente, con el balón firmemente sujeto en una mano. Su mirada barrió la figura de Cristina con ansiedad, y solo cuando confirmó que no la habían golpeado, sus facciones se relajaron. Se volteó hacia el niño, y su expresión se endureció.
—Oye, niño