La mansión de la familia Fabri se erigía imponente entre la frondosa vegetación. Un portón de madera rojiza, adornado con dos pesados aldabones de bronce en forma de león, resplandecía bajo las intensas luces exteriores, que le daban a los detalles metálicos un brillo dorado y dejaban claro el estatus de sus dueños.
El prestigio de los Fabri en Ciudad Castelvecchio era innegable, un legado construido sobre la fortuna que sus antepasados habían acumulado. Sin embargo, el padre de Enrico Fabri ha