Paolo apretó los puños y dejó escapar un sonido gutural.
—¿La boda de ella? ¿Cómo podría faltar?
Susan lo observó, notando cómo su expresión se había vuelto sombría. Arrugó la frente, confundida por la mezcla de emociones en su mirada, y se quedó inmóvil por un instante. Era evidente que su jefe todavía no la había olvidado.
Habían pasado ocho años, y él todavía no había podido superar el daño que ella le causó.
La primera vez que lo vio llegar con la sensual Romina Bruni del brazo, Susan se so