Genaro soltó el cuello de su camisa con fastidio, se la quitó con brusquedad y la aventó a cualquier lado, dejando al descubierto su piel bronceada y firme. En su rostro se dibujó una expresión dura y cruel, acercándose paso a paso.
—¿Ya ni siquiera te molestas en inventar una mentira para engañarme? ¿Eh? ¡Habla! ¿Por qué me traicionaste? ¿De verdad Paolo es tan importante para ti? ¿Tanto miedo tienes de que le pase algo? Crees que se va a conmover por tu sacrificio, ¡no seas ilusa, carajo!
—¡É