Paolo se levantó bruscamente, con su imponente figura dominando el espacio. En el fondo, sentía una inquietud latente y sus oídos se negaban a escuchar cualquier cosa relacionada con Gabriella. En resumen: ella estaba viva, y eso era todo. No quería saber nada más.
Al ver que Paolo se ponía de pie, Carlo empezó a ponerse nervioso y se apresuró a hablar.
—Le transmitiré sus palabras tal cual a la señora Fabri.
—Bien, estoy muy ocupado. —Paolo miró directamente su costoso reloj de pulsera, reiterando la orden de salida. No estaba de humor para perder el tiempo.
Carlo extendió ambas manos con respeto, sosteniendo un sobre de papel manila amarillo, y lo acercó a Paolo.
—La señora Fabri insistió mucho en que le entregara esto en sus propias manos.
Paolo no tomó el sobre. Cerró los ojos un momento, suspiró y dijo:
—¿No será un cheque, verdad? ¡Lléveselo!
Carlo mantuvo la postura, y al ver que Paolo no lo tomaba, insistió.
—No sé qué contiene. Supongo que no es un cheque, ¡porque se siente p