Cristina se quedó sin insultos.
—¿Vas a seguir insultándome?
Paolo se tumbó en la cama, encendió un cigarrillo y dio una calada.
—Sigue insultando. Mientras más lo hagas, más ganas me dan de cogerte.
Había algo de despecho en sus palabras. A veces, un poco de lenguaje sucio aviva la llama. Además, la resistencia de ella despertaba su instinto de conquista. Por eso no era buena idea pelear con un hombre a punto de perder la razón, especialmente uno como Paolo. Cristina estaba destinada a perder.
Ella se dio cuenta de que había cruzado la línea y bajó la cabeza, fingiendo inocencia mientras jugaba con sus uñas. Paolo exhaló humo y miró su cara pálida.
—¿No dices nada?
Ella guardó silencio, aunque por dentro seguía inconforme. Sin embargo, al ver su expresión dura, no se atrevió a reclamar algo. Sabía las consecuencias de hacerlo enojar.
—¿Ya no me vas a insultar?
Su rostro se relajó al verla hacerse la inocente. Sonrió sin poder evitarlo.
—Más te vale no resistirte, o te garantizo que n