Paolo y Michel subieron en el ascensor al último piso, a la oficina del presidente. Susan llegó corriendo enseguida.
Tocó la puerta con respeto y entró. Echó un vistazo rápido a Michel, que estaba de pie a un lado, y posó sus ojos en el semblante tranquilo de Paolo.
Susan se veía demacrada; tenía unas ojeras tan oscuras que parecía un panda. En los últimos dos días apenas había cerrado los ojos.
Al ver su cara, tan radiante y con esa sonrisa confiada y maliciosa, no pudo evitar hacer un gesto d