A las seis y media de la tarde, el edificio central del Grupo Morelli, ubicado en el corazón financiero de la ciudad, estaba iluminado pero envuelto en una atmósfera pesada.
En cuanto salió la noticia en el radio, los empleados que se preparaban para salir comenzaron a murmurar.
Los chismes volaban, especialmente entre las mujeres:
—Escuché que el puesto del señor Morelli pende de un hilo. La junta de accionistas ya decidió destituirlo.
—¿¡Qué!? ¿Por qué? ¿No es el hijo mayor de la familia Morelli? ¿No es el heredero legítimo? —intervino otra empleada, que era nueva.
—Ay, qué ignorante eres. El Grupo Morelli es una sociedad anónima, no un negocio familiar cualquiera; los accionistas tienen el poder. Pero bueno, aunque deje de ser el presidente, con el treinta y cinco por ciento de las acciones que tiene, seguirá siendo un "niño rico" que no tiene que preocuparse por nada. Además, es guapísimo y millonario... ay, qué envidia, qué celos, qué admiración...
—Deja de soñar despierta. ¿No s