Cristina sintió un vuelco en el estómago y tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Yo? ¿Y a qué voy a ir?
Paolo sostenía un cigarrillo entre sus dedos. Al escuchar la respuesta, dio una calada profunda.
—Puedes hacer lo que quieras.
—Mi trabajo está aquí. No quiero ir —respondió ella, mordiéndose el labio inferior con ansiedad. Imaginaba la expresión de molestia de Paolo y su corazón comenzó a acelerarse.
Paolo apagó el cigarrillo con brusquedad contra el cenicero y dijo con resolución.
—Allá también puedes trabajar en lo que te gusta. ¿Quieres ser estilista, no? Te abro el estudio más grande de Ciudad Castelvecchio...
—¡No quiero! —lo interrumpió ella sin miramientos.
La mano con la que Paolo sostenía el celular temblaba, él estaba conteniendo su irritación.
—Entonces dime, ¿qué demonios quieres?
Cristina arrugó la nariz y titubeó antes de responder.
—Yo... quiero quedarme en Corea...
—¿Es por tu "hermano"? —preguntó Paolo tras respirar hondo, apretando el puño hasta que los nudillos cr