Paolo se inclinó y le dio un beso en la frente. Su aliento cálido hizo que ella se calmara por un instante.
—Deja de imaginarte cosas. Te dije que no te iba a lastimar, ¿por qué sigues sin creerme? —Paolo frunció los labios, pero al ver su cara sonrojada, no pudo evitar sonreír.
—¿Entonces para qué me cargas? Yo puedo caminar, ¡bájame! —Cristina no dejaba de mover sus piernas, lo que hizo que a Paolo le subiera la temperatura.
—Muchachita, deja de provocarme. ¿Por qué mueves tanto las piernas?