Paolo se inclinó y le dio un beso en la frente. Su aliento cálido hizo que ella se calmara por un instante.
—Deja de imaginarte cosas. Te dije que no te iba a lastimar, ¿por qué sigues sin creerme? —Paolo frunció los labios, pero al ver su cara sonrojada, no pudo evitar sonreír.
—¿Entonces para qué me cargas? Yo puedo caminar, ¡bájame! —Cristina no dejaba de mover sus piernas, lo que hizo que a Paolo le subiera la temperatura.
—Muchachita, deja de provocarme. ¿Por qué mueves tanto las piernas? No voy a aguantar y te voy a comer aquí mismo —advirtió él entrecerrando los ojos, mirando esas piernas desnudas.
—No te estoy provocando, solo bájame. Si me bajas, podemos hablar —le rogó ella con tono conciliador.
Paolo empujó la puerta de la recámara y caminó hacia la cama. La depositó con cuidado sobre el colchón blanco y ordenó en voz baja:
—¡No te muevas! Voy a buscarlo.
Fue directo a la mesita de noche y abrió la bolsa de compras del supermercado. Sacó el paquete de toallas femeninas que